Opinión

El presidente Donald Trump confirmó este miércoles el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel. Dijo antes que la decisión “debería haberse tomado hace tiempo”, e insinuó que sus predecesores evitaron adoptarla por cobardía.
La decisión de Trump puso en alerta al mundo. Esto, porque la llamada Ciudad Santa es parte clave del histórico conflicto israelo-palestino y la mayoría de países rechazan la medida del mandatario estadounidense.
Jerusalén, sagrada para el Cristianismo, el Judaísmo y el Islam, es una urbe disputada donde la comunidad internacional no reconoce desde hace 70 años soberanía ni a israelíes ni a palestinos hasta que estos lleguen a un acuerdo de paz.
Con la decisión del presidente Donald Trump de reconocerla como capital de Israel y ordenar que se traslade allí la embajada estadounidense, EE. UU. rompe un consenso internacional de décadas y pasa por alto toda una serie de resoluciones de Naciones Unidas sobre la ciudad.
Desde 1947, cuando la Asamblea General de la ONU aprobó el Plan de Partición de Palestina entre un Estado árabe y otro judío con la resolución 181, el estatuto de Jerusalén está por determinar.
El plan establecía que la ciudad y sus alrededores (incluido Belén) quedarían bajo control internacional durante una década y preveía la celebración de un plebiscito para decidir su condición.
Así, se creaba lo que se denominó “corpus separatum”, una entidad aparte administrada por Naciones Unidas con un régimen internacional especial.
Pero el estallido de la guerra árabe-israelí truncó la posibilidad de que Jerusalén fuese gobernada a través de un estatuto particular, que nunca se llegó a desarrollar.
Con el armisticio de 1949, la Ciudad Santa quedó dividida: la parte oriental -con la Ciudad Vieja y los lugares sagrados- quedó bajo control de Jordania y la zona occidental bajo gobierno de Israel. La ciudad quedó partida en dos con barricadas, alambradas, vallas, puestos de control y torres de vigilancia militares. Un año más tarde, la Knéset (Parlamento) aprobó una Ley Fundamental que declaró la parte oeste como capital de Israel.
En 1967, con la Guerra de los Seis Días, Israel ocupó el este de Jerusalén (así como Cisjordania, Gaza y los Altos del Golán), un avance al que la ONU reaccionó con la resolución 2253, que declaró ilegales todas las actividades de Israel en la parte oriental y reclamó que cesaran de inmediato.
Poco después, la Asamblea General aprobó la resolución 2254, que condenó el incumplimiento israelí de la resolución anterior, reiteró que debía dejar de actuar en Jerusalén Oriental e insistió en que no podía modificar el “statu quo” de la ciudad.
A estos textos internacionales se añadió en 1968 la resolución 252 del Consejo de Seguridad, que instó de nuevo a Israel a cesar todas sus actividades en la parte este, las calificó de ilegales y condenó la ocupación por las armas de cualquier territorio.